Mucho le tiene que doler la cabeza, no sólo a Dolores “Lola”, sino a toda la familia socialista. El resultado electoral ha propiciado el mayor descalabro de este partido en lo que corremos de democracia, y que nadie de ellos ponga cara de sorpresa; muchas voces –entre las que me incluyo- lo pregonamos a riesgo de ser excomulgados.
Y lo fuimos, ya lo creo; pero yo siempre preferí el bocata de salchichón a las ostias, y la fidelidad a la gente que se dice representar al ansia de gobernar.
Me imagino a Lola trabajando muy duro durante la legislatura fallecida, intentando que el resultado de la acción de Gobierno dejara afónicas a todas esas gargantas que nunca entendieron que el precio por gobernar pasara por darle a Revilla el megáfono más potente que se le puede dar a un populista como él. Me la imagino cansada, acosada, confundida y, seguramente, decepcionada. La presiento analizando sus cuatros años de bonanza económica –si bien, este tipo de políticas es subsidiaria de la nacional y/o mundial-, repasando sus logros, enumerando las buenas obras realizadas, constatando la ausencia de escándalos que alguna mañana pudiésemos recordar, y pellizcándose las mejillas en un vano intento de despertar sudando en la cama, ahogando una pesadilla que nunca quiso vivir.
Seguro.
Me juego el poco pelo que tengo, la guitarra que tanto toqué y la colección de discos de Serrat, que con tanto esfuerzo acumulé.
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