De vuelta a casa

Miraba por la ventanilla del avión. Miraba, aunque la mierda que envolvía al ventanuco me impedía ver.
Aún así miraba.
El asiento 37F que me había tocado en suerte estaba como húmedo, como meado, pero el cansancio era tal, y el avión iba
tan lleno, que no tuve ganas ni ánimo para decir nada. Por otro lado, el resto del avión no parecía más salubre que el 37F.
A mi lado Alejandro, el realizador del programa, se daba un aire a la niña del exorcista: el cuello vuelto, los ojos semicerrados con una veta blanca de globo ocular, sonidos guturales capaces de acojonar al mismísimo Iker Jiménez y un hilo de baba oscilante entre la mejilla y la oreja que amenazaba caer, y que cumplió la amenaza.


Javi, el encargado de sonido, había sacado la mesa y descansaba tirado encima de ella como muerto de un disparo. Los auriculares de su Ipod emitían canciones que se perdían en su cabeza sin llegar a la zona del cerebro habilitada para el disfrute musical. Me imagino que le servía para evadirse del jolgorio del avión. El resto del equipo descansaba en las filas posteriores: unos tremendamente dormidos, otros tremendamente ausentes.
Cuando todo indicaba en que ocos minutos nos elevaríamos por el cielo de Bogotá en dirección a la Isla de San Andrés
–situada enfrente de la costa de Nicaragua-, la puerta del avión se volvió a abrir. Dos policías colombianos entraron en el aparato de Avianca, y con una voz marcial soltaron un nombre: el mío. “Colaboren, colaboren, estamos buscando al señor Félix Álvarez. Señor Félix Álvaez, colaboren, señor Félix Álvarez…”. Lo primero que pensé es que se trataba de otro señor
Félix Álvarez, pero pronto caí en la cuenta de que iba a ser yo el requerido. Levanté el dedo con más miedo que dedo, y los policías se acercaron a mi a pasod ecidido. De repente no quise estar en Colombia y, asombrosamente para mí, recordé como una letanía un artículo que hace tiempo escribí. Un artículo que contaba lo que me pasaba por el alma cada vez que cruzaba El Escudo, camino de casa.
Decía:
“Siempre es lo mismo. Dejo el pantano del Ebro a mi izquierda y me dispongo a subir por unas curvas imposibles de esas que toma con tanta seguridad Fernando Alonso a lomos de su Renault. Sé que en pocos metros de ascensión me toparé con ese cartel blanco y rojo que reza “Bienvenidos a Cantabria”, siempre es lo mismo. Como un replicante de Blade Runner parezco programado para el mismo recibimiento, para la misma ceremonia, para la misma danza, que a menudo, suele ser la de la lluvia que me espera cadenciosa. Yo no sé que tiene esa nuestra lluvia que moja menos que otras lluvias. Parece parida para refrescar la cara y el alma, y entonces recuerdo que Cantabria es la región donde siempre hace bueno ayer. No veas que día hizo ayer de bueno, comenta mi madre a mi llegada como disculpándose en nombre del cielo aguachón. Me invade el ansia de llegar a casa, pero antes pasaré al lado de la pancarta que me anuncia que entro en mi hogar, que piso Cantabria. Tomo una curva más y ahí aparece. Como un faro que guía, como un referente.
Sonrío, me aparto el pelo que no tengo de la cara, bajo la ventanilla, saco el morro que me lo piso y respiro muy hondo; y hago sonar el claxon de mi coche para anunciar a Korokota y descendientes que vuelvo, pisando mis pisadas, a la tierra que me parió. Subo con celeridad la ventanilla porque suele venir frío el aire que ya huele a salitre, y una sensación de alivio y de satisfacción me recorre desde el acelerador hasta el reposacabezas, haciéndose más intensa en las ingles. Puerto del Escudo, 1011 metros y bajando.
Aunque no esté de moda en estos días enciendo un cigarrillo y lo disfruto. Miro la cajetilla de Marlboro Ligth que vaticina que fumar puede matar y, como dice mi amigo Quequé, me propongo no volver a leer. Bajo despacio para no perderme ninguna de las luces que rielan en las montañas que me parece sobrevolar, y entiendo que a mi terruño lo llamaran la montaña y que a las montañas las agrade que las llamen Cantabria, y a pesar de la gilipollez esa de las comunidades históricas, me pregunto que tendrá mi región para haber bautizado al mar que lame el norte del país, y a la cordillera que pisaron siete legiones romanas para intentar someter a este pueblo que prefirió bordear la extinción que claudicar, mientras los astures y autrigones (vizcaínos) le tendían la mano a Cesar Augusto. El cartel que anuncia que entro en San Miguel de Luena proclama el final de El Escudo, y me invita a serpentear entre los senos de los que tantas veces mamé.
Avanzo, y siento que desde el cementerio de San Andrés, que descansa a mi derecha, mi amigo Félix “El ladilla” me sonríe y me anima. Esbozo una sonrisa más amarga que otra cosa, y noto el dolor de la ausencia de los que quisiste y querrás por kilos y kilos de muerte que entre nosotros apilen. No hace ni quince minutos que entré en Cantabria y ya advierto jirones de mi alma esparcidos por el paisaje que contemplo. Estoy en casa. Lo sé porque siento los latidos del corazón y hasta el pericardio que lo envuelve y, precisamente, en volver, pienso todos los días de mi vida”.
La policía me explicó que mi maleta había sido ladrada por uno de sus perros. Bajamos, comprobamos el equipaje y todo quedó resuelto, pero me quedaba cuatro días para volver a casa, y volví a sentir la necesidad de tocar el claxon, bajar la ventanilla y respirar cantábrico.

Dejar un Mensaje


Cerrar
Enviar por Correo