El alcalde ha muerto ¡Viva el alcalde!
Y así pasa la vida, recorriendo escaparates que cada día viste, al capricho de su antojo, maniquíes desechables con fecha de caducidad programada: una veces por la mano del voto implacable, otras por la largura del camino y otras por la conjunción de la Osa Mayor con el tesón del juez Torres.
Y así pasa la vida, relamida y caprichosa hasta el hastío, sin dar opción, en algunas ocasiones, a tomar carrerilla para volver a intentar un salto más.
Y pasa pasando la luna lunera, alumbrando calvas que no lo fueron y pelambreras que dejarán de serlo para convertirse en calvas nostálgicas.
El viejo vuelve al pañal que abandonó cuando no había ni televisión, ni DVD’s, ni sida; y los bebés ni se imaginan que portan un viejo encima que se meará en un Tena for men.
Y ahí va la vida, implacable, machacona, irresoluta, con tantas luces, que a su vez proyectan tantas sombras, que uno nunca llega a saber si ha saboreado su dulzura o se acostumbró a su acidez.
Y pasa, pasa y pasa, como el conejito de Duracell -aunque he de reconocer que yo siempre fui más partidario del conejito de la Loles-, tocando tambores de guerra que abrirán, de medio a medio, pechos envueltos en banderas blancas con las que luego, algunos, se limpiaran el culo.
Y en esa pasada de vida van cayendo soldados, generales y alguna que otra puta con la que calentar almohadas rellenas de sopa de ganso.
Y unos van y otros quedan, y otros se suman al festín de la gacela de Thomson que cayó en las garras del Rey
León –el único león gay famoso de la historia, con permiso de Leoncio-, ávido de triunfos por el mero hecho de ser rey.
Y entre tanta verborrea, se preguntará, querido lector,de qué estoy hablando, qué quiero decir y a qué viene tanta vuelta a la farola… ya me gustaría a mí contestarle de manera categórica, pero no espere milagros. Soy dos ojos de locha encima de un teclado asustado, intentando, vanamente, hablar de la despedida de Gonzalo Piñeiro.
Ya saben, ese alcalde que ya no es.
Fue el sábado cuando un manojo enorme de amigos –y otros que seguramente no lo eran tanto, pero mola mazo que te vean en ese tipo de actos-, se reunieron para despedir al edil saliente. Me imagino que fue un día imborrable para Gonzalo –per- mítanme ustedes que tutee al homenajeado, pero me considero amigo suyo-. Uno de esos días que uno quisiera revivir una vez al mes, porque te levantan el ánimo y hasta la metáfora; lo que podríamos llamar un día Viagra. Y que nadie se me alarme, que no estoy hablando de política; aunque los cortos de mira, los disidentes de pescado blanco y los amigos de mis enemigos verán en esto un acto electoral. A mi plín, que duermo en Pikolín.
Todo aquel que me conozca o me presienta, sabrá o sospechará del peso específico que tiene mi mano izquierda sobre la derecha. Todo aquel que me rehuya lo obviará, pero no tengo el pelo pa’tontás. Y olvidándome de estos energúmenos, aquí hay un ejemplo claro de que el perro y el gato, Piolín y Silvestre, el Correcaminos y el Coyote, los Montesco y Capuletos pueden ser colegas. Sólo hay que anteponer el deber a tus deseos, tu trabajo al mus y los ojos al carné.
Mi experiencia con Gonzalo al frente del Consistorio santanderino ha sido, sencillamente, fantástica. Y aquí cada uno cuenta la película como le va. No valoraré su actividad política, porque fue ejecutada en mi ausencia madrileña, y ahí está la historia para colocar a cada uno en sitio; por ahora prefiero hablar de los vivos, de los actuales, de los contemporáneos, y Gonzalo ya es historia, viva, pero historia de esta ciudad.
Esta ciudad, con su Alcalde a la cabeza, o esta región, con su Presidente a la vanguardia, siempre que han querido contar conmigo para cualquier actividad que yo pudiera impulsar, que yo pudiera apoyar o, simplemente, que yo pudiera mejorar aprovechando las facilidades que qmi trabajo y mis relaciones permiten, ahí me han tenido -salvo cuando ha habido im- posibilidad por mis quehaceres, que han sido las menos-.
Pero entre unos y otros ha habido una ligera diferencia:
el Ayuntamiento ha contado conmigo en numerosas ocasiones y el Gobierno, no. Y esto no es una crítica, ni mucho menos. El Gobierno del señor Revilla tiene toda libertad del mundo para decidir con quien y cómo quiere realizar su acción de gobierno, a que personas y personajes invita a sus jolgorios y, sobre todo, con quien decide compartir sus inquietudes. Faltaría más. Pero nadie me negará que el roce hace el cariño, y yo me he rozado mucho con el Ayuntamiento de Santander, y no sólo con su alcalde, también, y a veces en mayor medida, con todo el fantástico equipo humano del Consistorio; por cierto, algunos de ellos socialistas o regionalistas. Y eso, me lo llevo pa’lante, con el patrón del barco a la cabeza, con Gonzalo de solista. He de reconocer que cuando me he propuesto algo en la ciudad, sólo he encontrado apoyos, cariño, buenas caras y complicidad. Y como de bien nacidos es ser agradecidos, yo se lo agradezco. Con esto ni mando al destierro ni desautorizo –el diablo me libre- las críticas políticas que hubiera o debiera de haber tenido -como debieran de tener todos los políticos-, el señor Piñeiro ¡Ahí va! Ahora le he tratado de usted… Cosas de la inestabilidad emocional.
Lo dicho Gonzalo, que te vaya bonito… y como decían los clásico: El Alcalde ha muerto, viva el Alcalde.