Ventanilla, por favor

La sonrisa de la azafata ya anticipaba caribe. El pasaje, configurado en su mayoría por colombianos, también. El avión, con más horas de vuelo que Pocholo en hora punta, enfiló a la cabecera de pista de la T4 y se elevó por encima de La Cibeles.
Felisuco en Colombia

He tenido mala suerte y me ha tocado pasillo ¡Mierda! Porque con esto de la ventanilla del avión sucede algo complicado de asumir, sobre todo si es a ti al que le han mandado al ecuador de la aeronave. La cuestión es que al que le ha tocado ventanilla se apropia de ella y la maneja como si fuese suya. Cierra la persiana, la abre, la vuelve a cerrar ¿Acaso es tuya, mamón? ¿Has pagado más para disponer del ventanuco a tu antojo? ¿Y para qué bajas la persiana y luego te pones el antifaz para dormir? Eso es tan absurdo como si yo me apropiara del pasillo y en un momento dado le quitara para echarme una cabezadita. ¡Ah! Como es mía te meas encima que no pongo el pasillo para que vayas al baño, ¡huevón!
Diez horas y media después, el pajarraco tomó tierra en Bogotá.


Según la Fundación Nueva Economía, Colombia tiene la segunda población más feliz del planeta, prueba incontestable de que, a pesar de los políticos, a la gente con algo de pan, algo de abrigo, unos cuantos abrazos y arrobas de salsa o ballenato les basta y les sobra para andar por la vida repartiendo sonrisas. Y eso, en estas horas suramericanas que estoy viviendo, le hace a uno pensar en el exceso en el que vivimos y, a la vez, nos esclaviza.

Y uno mira hacia España, ruzando en un suspiro –y suspirando por volver, todo sea dicho- el océano divisorio y le toma lejanía otra perspectiva a los asuntos.

Desde el Caribe salino y excesivo de humedad, uno le resta importancia a las campañas, a los votos de los indecisos, a las acusaciones veladas o mercenarias, al Monopoly, al comentario insoluble de Revilla, a la conspiración, a la buena marcha de la economía y a la madre que lo parió.

Y te das cuenta de que hay personas a las que llevas en el corazón y, sobre todo, en los párpados, porque cuando cierras los ojos los ves. Y clamas al cielo deseando que a la vuelta te toque ventanilla.

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