La semana grande de Santander y del Jueves

A uno ya se le pasó el arroz –y eso que yo uso Brillante, el que no se pasa- a la hora de correr fiestas y festejos que florecían al riego de calimochos, litronas cerveceras y abrazos que precedían a los cantos regionales. Muchas fiestas ha vivido este cuerpo serrano –sobre todo porque parezco un jamón bodeguero más que otra cosa-, muchas romerías y verbenas, muchas semanas grandes y muchos pregones que iniciaban descontroles y algaradas. Y por eso sé de lo que hablo.

Madrid, Bilbao, Gijón, Pamplona, Donosti, Sevilla, Valladolid, y algunas otras más que apenas recuerdo, formaron parte del pasado más festivalero que acuñó mi juventud a golpe de inconsciencia, vivalavirgen y quemequitenlobailao, protagonizando los pozos de memoria más oscuros, y por ende, y aunque suene lamentable, más divertidos.


Esas ciudades, con la salvedad de Donosti y Pamplona, no son objetivos turísticos predilectos de los españoles o extranjeros -y Pamplona sólo altera este principio con San Fermines. No viven, en esencia, de los ingresos que los visitantes puedan generar en dichos municipios, y sin embargo, siguen estando a años luz –a no ser que un apagón como el de Barcelona lo impida- en la planificación de sus fiestas con respecto a Santander, que curiosamente vive, en gran medida, de la aportación turística.

Una Semana Grande no puede vivir prácticamente solo de la Feria Taurina de Santiago, de un chupinazo con falta de atractivo, de res cabezudos –y digo tres porque eran sólo tres los que yo vi-, de unos fuegos artificiales, y de unas ferias
y un circo que habitan en el sitio más recóndito y con un acceso capaz de poner nervioso al mismísimo Bubu, compañero inseparable del Oso Yogui.

Las peñas taurinas van perdiendo presencia en esta semana de jolgorio, porque el tiempo pasa y nos vamos volviendo viejos –como diría el gran Pablo-, y el relevo generacional no pide paso con la fuerza que la juventud debería de provocar.
Recuerdo como hace más de trece o catorce años, enfundado en una camisa roja con pañuelo blanco, presidiendo la peña “Los Vividores” con Manolo y con Sanci –dos amigos indecentes de esos que no se olvidan y que siempre resurgen cuando uno bucea en su pasado más divertido y feliznos lanzamos a la caza de la Semana Grande. Por aquel entonces no se había acuñado en Santander el término “Semana Grande” –o nosotros no la habíamos oído- y en nuestro pequeño oasis, en la “Hora Bruja” –que aún habita entre nosotros en el Pasadizo Zorrilla-hicimos nuestra Semana Grande particular.
Al poco tiempo y con la suma del esfuerzo de todas las peñas, el término Semana Grande se fue colando en el tejido social de la ciudad, hasta el punto de convertirse en la definición que las instituciones públicas empleaban a la hora de hablar de las fiestas de Santander en la semana de Santiago.

No es fácil diseñar fiestas y dejar a todo el mundo contento, satisfecho y sin provocar molestias que luego se convertirán en amargas quejas. No es fácil combinar diversión y sosiego, jolgorio y descanso, algarabía y relax. No lo es. Pero habría que articular, con la ayuda, la moderación y el compromiso de analizar la situación colocándose en la ventana del vecino, argumentos que hiciera de esta Semana Grande un impulso vital a la ciudad de Santander.

Mucho se hizo en los años en los que peleamos por tener unas fiestas a la altura de la ciudad, a la altura del ofrecimiento que otras ciudades del entorno dispensaban a sus veraneantes, pero ahora, con el nuevo Ayuntamiento, y en un horizonte de
cuatro años, hay que volver a empeñarse en darle a la Semana Grande un empujón que la coloque a la cabeza de las ciudades del norte de España.

Esta Semana Grande le ha cogido a la nueva corporación municipal con la inmediatez del que ha ganado las elecciones a un mes del veraneo –por llamarle de alguna manera a este trimestre estival-, y seguramente un poco en bragas.
Pero no hay excusa para que el año que viene la Semana Grande, sea más grande que nunca y, sobre todo, más grande que ésta.

Y cambiando de tercio, no puedo dejar de pasar la oportunidad de hablar sobre la portada del Jueves.
No cabe duda de que tal y como está la legislación vigente, el secuestro de la publicación satírica, es una decisión legalmente admisible, pero a estas alturas del partido lo que se ha consguido con esta decisión es justamente el efecto contrario al deseado.

Se puede determinar el buen gusto o no del Jueves, pero que una viñeta sea, para algunos de mal gusto, jamás debería de ser delito o falta. La nueva viñeta del jueves –por si no la han visto- es el príncipe de abejita y Leticia de flor, y evidentemente, la abejita poliniza la flor. Lo mismo de antes, pero desde un concepto mucho más satírico que el otro. En otros países se hace humor, mofa y/o desagravio de las monarquías, de los presidentes de gobierno y de todo aquel que se precie de ser popular: ahí están series como Padre de Familia, South Park, etc.
A veces, me parece que jamás entré en el siglo XXI.

Una respuesta a “La semana grande de Santander y del Jueves”

  1. jose antonio Dijo:

    Me emcanta ese aroma a nostalgia, bien entendida, que desprende lo que escribes.

    un saludo
    jose antonio

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