Sabina
No recuerdo el año, ni el mes, ni el día de autos. Tan sólo que era un jueves fresco, creo que de primavera.
En el pabellón de la comunidad de Madrid un concierto a la “remanguillé” entre La Oreja de Van Gogh, Hevia, Celtas Cortos y Sabina, pretendía recaudar pesetas de entonces para paliar, en la medida de lo imposible, el sufrimiento de las víctimas de la locura serbia, o croata, o albano kosovar… Balcánica esquizofrenia que tanto desgarró las extremidades escayoladas de la vieja Europa.
Nunca ha habido mejor terapia para soportar el dolor ajeno que lavarnos las manos en la pila de la compasión y luego secarlas con cheques solidarios. Algo es algo, decía mi abuela cuando echaba un chorizo de mierda para nueve nietos.
La cuestión es que fui requerido para que, micrófono informal en mano, cubriera el evento musical que contaba con la presencia y la presidencia del entonces soltero más soltero de todos los solteros: su alteza, de dos metros, don Felipe de Borbón; ahora más conocido como el marido de doña Leticia Ortiz.
He de reconocer que acudí excitado a la cita que el trabajo me propuso, y es que siempre me he declarado serratfilo y sabinero. Evidentemente Sabina actuaba el último, como ese caramelo favorito que reservas para el final del festín, y en un camerino soterrado entrevisté, como siempre hice en El Informal y por riguroso orden de actuación, a los protagonistas del evento benéfico.
Hevia tocó la gaita, que si no; Amaya de La Oreja me cautivó con su apetecible carne donostiarra de faz angelical; Celtas Cortos pasaron por mi micrófono, pero no me acuerdo ni de qué hablamos; y entonces llegó el flaco. Tuve que distinguirle detrás de un vaso de un güisqui on the rokcs.
Llegó amable y azuzado por el público que en loqueció aceptando el pacto entre caballeros que Joaquín les procuró. Saludé a Antonio Gª de Diego que se presentó como un espectador fiel de El Informal para mi regocijo y comencé la breve entrevista con Sabina. Hablamos de bombas, sangre, politicuchos, americanos, solidaridad, refugiados, etc… Estábamos para finalizar cuando Joaquín, agarrándome de un hombro, clavando sus pupilas dilatadas en las mías acojonadas, me dice con esa voz que pesa: “Mira, Felisuco, te voy a contar lo que me ha pasado en el camerino antes de salir a tocar. Estaba sirviéndome un güisqui cuando alguien ha llamado a la puerta.
He abierto y me encontrado con un tipo grande, descomunal como el pene de Nacho Vidal (esta comparación no salió de la boca de Sabina, pero sirve para ilustrar lo grande que era el tipo) y me ha dicho que el Príncipe quería sacarse una foto con los artistas. Que subiera a no sé que sala para tomar la instantánea.
Y le he dicho que yo estaba muy tranquilo en mi camerino, que si el Príncipe quería una foto que bajara él, que seguramente no tenía nada mejor que hacer. No tengo nada contra este chico, es más, parece un tío majete, pero no puedo con lo que él representa.”
Nos reímos de la anécdota. Apuró su güisqui, yo mi cerveza. Nos levantamos y nos despedimos hasta otra ocasión. Ese fue mi primer encuentro con Sabina.
El segundo encuentro con don Joaquín fue en el conocido y madrileño restaurante De María. Fue un domingo después de que Moratón, ante el Atlético de Madrid, certificase, a la salida de un corner, la vuelta del Racing a primera división. Llevado por la euforia, me enfundé la camiseta blanquiverde, cogí a mi hermana, a mi cuñado, a mi amigo Marcos y a mi mujer y les invité a este restaurante a pegarnos un buen atracón como recompensa por el objetivo cumplido.
Cuando tomé asiento –cosa que fue complicada por- que no me cabía el culo en la silla de la alegría- oí a mis espaldas la rota voz del cantautor. Me giré y en una mesa rinconera, un grupo de personas escuchaba atentamente las disquisiciones de Joaquín.
Él hablaba, mientras los ojos agradecidos de sus compañeros no parpadeaban para no perder ripio. Él era como el calor del tronco recién quemado y el resto acomodados, como a la orilla de la chimenea. Uno de los comensales de aquella mesa era Pablo Milanes, al que distinguí moreno y rizoso al lado del jienense.
En un momento dado, Joaquín se levantó para ir al baño –me imagino que a mear- y pasó al lado de la mesa que ocupaba la brigada racinguista. No me vio pues pasó por detrás de mí. Pero a la vuelta del baño no había escapatoria. A unos pasos de llegar hasta mi posición, Joaquín me vio y puso cara de extrañeza. Supongo que verme con a camiseta del Racing le produjo curiosidad. “Hombre, Felisuco ¿qué haces con esa camiseta puesta?”, preguntó después de saludarme con una suave caricia en mi calva. “Joder Joaquín ¡qué decepción! ¿No te has enterado de qué hemos vuelto a primera y, además, ganando al Atlético?”, respondí extrañado.
Me cogió el escudo y tiró de él para verlo más cerca. “Ra-cing de San-tan-der. ¡Ah, es verdad! Que tú eres cántabro. Me gusta Cantabria, es uno de esos sitios donde el tiempo va despacio. Por cierto, el otro día te vi en A Tu Lado cantándole a la novia de Bisbal, la del culo gordo ¿Cómo se llama? Ah sí, Chenoa. Pues eso, que te vi cantándola Pena, penita, pena… Cantas de puta madre, cabronazo ¿Todo bien?…”. Hablamos unos minutos y se marchó a reunirse con su camada a la mesa rinconera.
Cuando este Rakeros.com salga a pasear por Cantabria, yo habré visto en Laredo a Serrat y a Sabina, y espero que hasta les habré podido saludar. Qué distinta hubiese sido mi vida sin estos dos pájaros no hubiesen tenido la generosidad de partirse la espina dorsal en cada una de sus creaciones. Por cierto, cuando escucho las canciones de Sabina y de Serrat, siempre acabo pensando que esa canción era la que yo quería componer. No dejan de ser unos putos plagiadores, eso sí, por anticipación.