El comendador y el buen hombre
No hace mucho tiempo, en un reino feudal no muy lejano, moraba un directivo cuya intención era desarrollar su trabajo al amparo de sus derechos y obligaciones y con todas las ganas puestas en sus quehaceres. Así lo hizo el buen hombre. Trabajó con diligencia y todo marchaba por el camino de la cordura y la serenidad.
Un mal día, probablemente lluvioso, un compañero del buen hombre tuvo algún que otro problema con el dueño del castillo, que no era tal, porque el castillo, como era costumbre en esa época, pertenecía a todos los habitantes de la comarca. A pesar de esto, el dueño del castillo, que no era tal, porque el castillo, como era costumbre en esa época… esto ya lo he contado… Sigo.La cuestión es que el buen hombre se encontró de buenas a primeras con la pelea entre el dueño del castillo, que no era tal, y su compañero y amigo; y atendiendo a su ética primero y a sus derechos fundamenta les después, decidió testificar ante la Corte Suprema, formada por los sabios del Reino, de cuanto había vivido en aquel castillo feudal gobernado por un dueño, que no era tal, y que no había tenido, según su criterio, más razones para la contienda que ser el dueño prestado de un castillo del que no era propietario. Viene bien repetir que el castillo no era de ese dueño y, por lo tanto, a partir de ahora le denominaremos “el comendador”.
El comendador actuaba a sus anchas en su castillo y hubo plebeyos que no estuvieron por la labor de someterse a las caprichosas demandas del gerente, así que no quedó más remedio, como ya se ha comentado, que someterse a la Corte Suprema.
El buen hombre, usando sus derechos constitucionales y atendiendo a sus vivencias, apoyó a su amigo en aquella lid en la que el poderoso, el comendador, reía consciente de su poder y amedrentaba a sus súbditos con expulsarles del castillo, dejándoles a merced de la intemperie –no sólo a ello, también a sus familias- y de la miseria y el bandidaje que por aquel entonces asolaban la comarca.
A la conclusión de la vista presidida por los sabios del Reino, el comendador se enfadó con vehemencia extrema con el buen hombre por haber apoyado a su amigo y decidió expulsarlo del castillo, a sabiendas de que vivir y trabajar en ese castillo no le daba al comendador derecho de pernada sobre las decisiones individuales, y que se atenía a ley, del buen hombre.
El buen hombre se encontró, a la vuelta de una colmena, en la calle. Él y su familia habían sido expulsados del castillo que les proporcionaba seguridad, un buen pedazo de pan cocido cada mañana, queso de leche de cabra recién ordeñada, chorizo y embutidos de los cerdos más rollizos, camastros donde reponer las fuerzas perdidas cada día y abrigos para acometer las heladas que palidecían los verdes campos que en la comarca abundaban.
El buen hombre se sentía abatido. Él sólo había cumplido con su condición de buen ciudadano. Hubo un juicio ante los sabios del Reino y testificó con sinceridad, con valentía y, sobre todo, con justicia. No seguramente la que quería el comendador, pero es que la justicia es una y no es caprichosa; y precisamente son los comendadores y los dueños de los castillo, y más si los castillos no son suyos, como era costumbre por aquel tiempo, los que deberían ser más escrupulosos con el cumplimiento de las leyes.
Al comendador le daba lo mismo. Él no podía consentir que el buen hombre, con razón o sin ella, amparándose en sus derechos constitucionales, testificara a favor de su amigo dejando con el culo al aire las decisiones tomadas en aquel castillo por el comendador y su mesa cuadrada.
¡Fuera del castillo! ¡Aquí mando yo! ¡Qué se habrá creído este plebeyo de mierda! ¡O conmigo o contra mí! ¡Vive Dios que así se hará!
El buen hombre hastiado, con su familia preocupada por susituación personal, decidió acudir de nuevo a los sabios de la Corte y le expuso la nueva coyuntura en la que se encontraba. Los sabios escucharon al hombre, llamando después al comendador para que aportase su visión de los hechos. Después de atender a las partes, los sabios se apartaron a un monasterio cercano para deliberar sobre lo ocurrido en el castillo, que no era del comendador, sino que pertenecía a todos los habitantes de la comarca.
Días después, los sabios llamaron a las partes en conflicto para darles el veredicto al que, como siempre, habían llegado unánimemente y no se podría discutir.
Los sabios le expusieron al comendador que el buen hombre, aunque trabajara en el castillo, tenía unos derechos que nadie, ni siquiera él por muy comendador que fuera, podía mermar en lo más mínimo; que el buen hombre había actuado con rectitud, con lealtad, y que había ayudado a los sabios en la resolución de un conflicto y que el comendador no era nadie para tomar esa decisión que había tomado, y más aún, los sabios se extrañaron profundamente de que un comendador, empleado del reino, adoptara esas actitudes fuera de todo servicio público.
Los sabios sentenciaron nulo el despido del castillo y el buen hombre quedo resarcido de la tropelía, pero aún quedaban batallas legales que acometer pues el comendador tenía cuentas pendientes con otros buenos hombres y los sabios seguían estudiando sus procederes.
Esto no es una historia medieval, aunque lo parezca. Esto ocurrió en la Autoridad Portuaria de Santander cuando la dirigía el señor Del Olmo, y si no, lean si pueden la ultima sentencia que el Tribunal Superior de Justicia de Santander ha publicado sobre el caso empleados del Puerto contra el que fue presidente del mismo.
Y quedan más historias y los sabios tienen más sentencias que resolver, y se lo contaremos.