Que nos quiten lo bailao
30 Noviembre 2007, escrito por FélixSonó como suena la alegría. Y no es habitual que yo hable así de un despertador, pero su tilín tilín anunciaba que el día que disponía a beberme a tragos de porrón era especial, distinto y, sobre todo, nuevo como el beso que nunca te robé, como los calzoncillos de pata que el próximo día de Reyes estrenaré.
Me levanté de un salto mortal con un tirabuzón lateral–¡qué fijación con el pelo que perdí!-; me duché cantando “Hoy puede ser un gran día”; desayuné café con tostada untada con la mermelada de los labios de mi amor; comprobé que me acompañaba mi cartera con sus documentos en regla; revisé el contenido de la bolsa de viaje que siempre me acompaña por esos mundos del demonio y abrí la puerta que daba a la calle más soleada que nunca vi.
Arranqué el coche que, parpadeando angustiado, me pedía combustible para el cuerpo y llegué a la gasolinera para satisfacer su necesidad más básica. Mientras repostaba sonó el móvil. Lo cogí y la chica de la gasolinera me dijo que colgara, que no podía utilizar el teléfono. Leyes son leyes. Apagué contrariado y le dije: “Claro, voy a apagar el móvil, no vaya a ser que explote la puta estación de servicio. Vamos, que continuamente los telediarios abren sus ediciones con noticias de gasolineras ardiendo por la utilización de móviles”.


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