Y mañana un Alka-seltzer
Prácticamente todos hemos utilizado, alguna que otra vez, un proverbio chino, que nos llegó en el momento adecuado y que dijimos con toda gravedad sentenciando alguna disyuntiva. Y nos quedamos más anchos que largos. Que bien traído el coño proverbio, piensas satisfecho.
Pero los chinos tampoco tienen tanto mérito. Una vez les dijeron a todos los chinos que pensaran una frase lapidaria y, claro, como son más de mil trescientos millones, o mil cuatrocientos, pues les salieron unos cuantos proverbios cojonudos.
Y a mí, vulnerable como una gamba fresca de Huelva, cocida y aderezada con sal gorda, delante de Falete, hay uno que me ha calado hasta la conciencia. Lo he interiorizado tanto que ha pasado de proverbio a ser mi Estrella de Oriente, mi Faro de Cabo Mayor y mi inalcanzable norte. El proverbio en cuestión reza: “Me preguntas si debes o no debes casarte; haz lo que quieras, hagas lo que hagas te vas a equivocar.”.
Por eso emprendí aventuras y viajes sin miedo a lo que tendría que venir, y mucho menos a lo que ya jamás vendría, seguro como estaba de que en los momentos nostálgicos, a la orilla de la chimenea, me preguntaría que hubiera sido si…
Uso del sentido común
Pudiera parecer que este proverbio tiene tintes de negatividad, de que no hay nada que hacer, de que no merece la pena buscar flores entre la basura. Pero analizado con cariño, este proverbio no es más que un acto pragmático e intensivo del buen uso del sentido común. A nadie se le escapa que cuando te enfrentas a decisiones que modifican tu vida de una manera sustancial, siempre despreciamos otros caminos, otras veredas, que nunca volveremos a transitar en las mismas condiciones que cuando las descartamos. Por eso, porque las grandes opciones que tomamos serán sometidas continuamente a nuevos juicios por nuestra parte, porque en horas de minutos lentos nos convenceremos del error de elección y porque, aún a sabiendas de que así ocurrirá, no hay manera de evitarlo, no hay que poner la vida en el acierto.
Cuando uno se convence de la insoportable levedad del ser, cuando uno acepta la bajeza que se alcanza por defender la camada y nuestro nido, cuando asume que detrás de todo sólo hay hombres y mujeres capaces de errar repetida y tozudamente y de que, a veces, nuestros prójimos no tienen elección, sólo entonces, uno asume que ninguna decisión es plenamente acertada y que tienes que acostumbrarte a vivir en el error. Y no se está tan mal.
Estamos en época de deseos, de buenos deseos, de intenciones, de buenas intenciones, que acabaran en la caja de nuevos errores cometidos y repetidos. Pero eso no me hace perder las ganas de seguir en la brecha, la ilusión de que todo cambie, ni el amor que a fuerza de no dar, me sobra en el pecho.
Me gustaría desearles, queridos lectores, algo parecido a lo que este proverbio, muchos días grises de viento gallego, me ofrece generosamente: fuerzas para soportar la presión que aguanta el batiscafo de Costeau, la templanza de la muleta de José Tomás, la inteligencia del que evita problemas que luego hay que resolver y las sonrisas necesarias para pasar el año que viene. Podría añadir cuestiones materiales, pero como cada uno tiene las suyas, les dejo participar y elegir en mi deseo aquello que más les apremie.
A mis enemigos les deseo sabiduría para saber estar a la altura, a mis amigos candela en los días de frío y nieve; a esta sociedad regeneración y a mi ciudad valentía; a los niños infancia y a los viejos sosiego; a los que disparan balas flechas de Cupido y a los enamorados un refugio lunático; a los perdidos la rosa de los vientos y a los que resoplan, calma chicha. Otra navidad que seguimos contándolo; otro año que nos trae arrugas nuevas y viejas ilusiones; otro día de Reyes que me sentiré como un niño.
Días de blandura emocional
En estos días de blandura emocional, preferiría repartir abrazos a jamón –es más barato y alimenta más- a todos aquellos a los que les haya fastidiado, dolido o incomodado cualquiera de las cosas que aquí se han publicado. Pero si lo que hemos publicado les ha tocado la fibra del pericardio, que se paren, en estos días que caminan con paso cadencioso, a analizar porque las cosas les han salido así. Si son gente que no se dejan enceguecer por sus propias mentiras, a lo peor, se reconocen en el error, en la chapuza, y encima con dinero ajeno.
Pero dejaré a un lado lo prepotente, lo malicioso, lo bufoneado, lo que no merece la pena. Les aseguro que en este virginal 2008 nos vamos a reír un rato. La guerra se ha abierto y ya manda sus cuadrigas contra los infieles e incómodos bárbaros, como hizo Julio César. Pero no son Julio César, ni siquiera son Julio… Son más bien un noviembre oscuro y frío. Y buscarán cualquier resquicio para buscarnos las cosquillas y los euros. Que se jodan, porque euros tenemos y las cosquillas las aguantaremos. No me detengo más en los secuaces del mandamás con nombre de chorizo, y de la mandamenos con nombre de sensaciones molestas y aflictivas de una parte del cuerpo por causa interior o exterior.
¡Hala! Que esta noche es nochebuena y mañana Navidad. Que el turrón duro sea lo suficientemente blando como para que no duela, que el cava o el champán les aleje por un rato de lo cotidianamente repetido y les acerque a los suyos –abrazos, besos, exaltación de la amistad y cancionero popular al uso- y que se rían; y no es un deseo, es una premisa. Y mañana un alka-seltzer.
FELIZ NAVIDAD Y PROSPERO 2008.
