Cuando uno escribe, dicen, tiene que hacerlo con autoridad, con convencimiento, como si creyeras a pies juntillas lo que cuentas; y en mi caso, no hay nada más lejos de este mandamiento, decreto ley o susurro a los oídos atentos de los caballos. Sentencias, juramentos, te lo prometo por Snoopy, que me muera si no, por la tumba de mi madre que aún no falleció, y si no que me parta un rayo. Yo como los clicks de Famóbil que no hay cojones de ponerlos de rodillas ¿Cambiar a mi edad? No jodas, hombre. Antes muerta que sencilla Esos de enfrente unos pringaos que no saben lo que dicen. Me ha ido tan bien así que para qué cambiar. Te lo juro por Pet Sampras…
Dudas, dudas y más dudas me asaltan, como lo hacía Curro Jiménez a los carruajes afrancesados, cuando pienso, delibero o recapacito. A veces uno tiene que decantarse ante hechos o actitudes a sabiendas de no tener toda la información, y se posiciona a golpe de sospechas o intuiciones, y se es consciente del riesgo que se corre al ser conocedor de la fragilidad de la verdad, y uno duda, y duda, y duda…Como los conejitos de Duracell. Pero la duda, puñetera hasta límite de la propia duda, lejos de cimbrearme, me reafirma y me erige como el faro de Cabo Mayor, en busca de una verdad que jamás me convencerá del todo. Por eso ante tanta duda no pretendo ser verídico, me conformo y me satisfago siendo simplemente veraz, consecuente y, sobre todo, respetuoso con aquellos que otean el horizonte desde una balconada distinta a la mía. Nadie puede negar, o quizás sí, que la bahía vista desde el Palacete tiene distintos colores que observada desde El Indiano o desde el extremo de la uña de la playa del Puntal.
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