Los nuevos dentistas
El otro día fui a un dentista nuevo. A decir verdad es una dentista nueva, el mío, el de toda la vida se murió hace un par de meses. Después de treinta años haciendo sentir a sus pacientes cada nervio de su boca, le dio un paro cardiaco cuando le dijeron que le tendrían que aplicar un edema. Se quedó tieso delante del urólogo, sus últimas palabras fueron “¿por dónde?”.
Mi nueva dentista no tiene nada que ver, es una joven bastante cuidadosa: figúrense que me mató cinco nervios, me sacó las cuatro muelas del juicio (una de ellas era la muela del juicio del los Urquijo) y no me enteré de nada. Por supuesto, me voy a cambiar de dentista. ¡Joder, a estas alturas no me pueden tirar los mitos abajo! El dentista tiene que infringir dolor, hacerte mendigar piedad; es su naturaleza, su razón de ser. Los leones comen carne, los dentistas hacen daño. Ir a un dentista que no hace daño es como ir al parque de atracciones cuando están revisando la montaña rusa, no tiene sentido.
Yo pago y exijo estar semanas sin dormir pensando que ya me queda menos para mi cita con el dolor. Yo quiero tener la sensación de que nada malo me puede pasar días antes porque es imposible que el destino sea tan perro como para cebarse de esa manera con un ser humano. Quiero que me empiece a hacer efecto la anestesia cuando salga de la consulta y no antes. Quiero sentir el torno dentro de mí. Antes la gente se acojonaba, se cagaba en los pantalones hasta el más pintao y casi todo el mundo adoptaba una actitud antes de entrar en la consulta, estaban los simpáticos por ejemplo. El simpático es el que intentaba caerle bien al dentista, ganárselo con su sonrisa y sus gracietas. Es el típico que se sentaba, le ponían el babero, miraba el instrumental y decía: “no me ponga tanto cubierto que sólo quiero un filetito con patatas”. O cuando estaba preparando la jeringuilla de la anestesia le soltaba: “ponga otra para usted que esta ronda la pago yo”.
Luego estaba el trágico, ese cogía tiernamente las manos del doctor entre las suyas y con los ojos inundados de lágrimas balbuceaba: “todo va a salir, ¿verdad doctor?”. O incluso sacaba de la cartera una foto familiar y la colocaba al lado de la escupidera: “me gusta tenerlos cerca en los momentos difíciles”. Otros preferían hacerse los despistados, miraban a un lado, al otro, y cuando se iba a meter el médico en faena le gritaban: “espere, espere, espere. Ja, ja, ja, ja, se va a reír usted, pero creo que aquí ha habido un terrible error. Verá, yo venía acompañando a mi primo que ha salido un momento a llamar por teléfono a su novia de Cádiz, así es que usted me desata y se lo traigo en un periquete”.
Otros iban de valientes, se ponían como en una peli de John Wayne cuando en mitad de la pradera le tenían que sacar una bala con el cuchillo al rojo: “a mi ni anestesia ni mariconás, me da usted una botella de Machaquita, un trozo de cuero pa’morder y santas pascuas”. Algunos intentaban directamente comprar al dentista, sacaban la cartera y le miraban directamente a los ojos: “está bien, veo que es usted un muchacho ambicioso, yo era igual cuando tenía su edad. Escuche, puedo ser muy generoso si no me hace daño ¿Cien mil serán suficientes? A otros les daba por la vena violenta y antes de sentarse enganchaban al médico por la solapa y le decían: “escucha saco de mierda, si noto siquiera el pinchazo te pego una hostia que te van a tener que empastar el cráneo, ¿me explico?”.
Ahora como no hacen daño, la gente está tan tranquila en la sala de espera leyendo plácidamente las vicisitudes de los Príncipes de Asturias. ¡Qué vergüenza para el doloroso oficio! Y cuando entras ya no te haces el gracioso, ni el violento, ni el trágico; lo único que le dices es: “espero que no se pase ni un duro del presupuesto, tengo abogados” Lástima, de verdad, cuántos parques temáticos quebrarían si el dentista volviese a ser como Dios manda.
15 de Febrero, 2008 a las 22:43
Jaja espero no tener que ir nunca al dentista,gracias a dios tengo una boca sana.
Felisuco mi cabeza bucooo,¿Qué conversaciones tienes con “La Griso”?
Bueno no puedo escribir más que hoy después de descubrir que tengo un ángel de la guarda me fastidio una alemana,así que seguiré ahogandome en mi llanto.
20 de Febrero, 2008 a las 11:28
¿de verdad que no te hizo daño?
21 de Noviembre, 2008 a las 21:05
Lo del dolor en casa del dentista, desde luego que ha pasado a la historia o casi. Ahora surgen unos dolores distintos; de la hostia que te pegan a la cartera se te caen de susto los dientes sanos. Yo el consejo que os doy (llevo dos Mercedes en la boca), que si tenéis los dientes sanos o regularcillos, os busquéis un dentista baratito que os arranque todos los dientes y las muelas y os ponga unos de pasta epoxi y acero inoxidable, y por el mismo precio que os haga otra dentadura de repuesto por si se os rompe la primera, así sólo recibís un sobresalto