El frio y Aznar
Me levantaba de la cama a eso de las nueve y cuarto de la mañana, me engullía el Colacao de turno, me cepillaba media tableta de chocolate Dolca, cogía la cartera con los libros que tocaba utilizar, me peinaba –hubo un tiempo en el que me peinaba- y después de quitarme las legañas a golpe de agua y jabón emprendía marcha, desde “Las Antenas” que soberbias vigilan desde General Dávila, hacia el colegio, hacia Los Salesianos.
Una trenca, o un chubasquero amarillo a juego con las katiuskas, me acompañaban desde octubre a mayo con el simple objetivo de evitar que el agua, constante y cantábrica, me empapara hasta los huesos. Cientos de días, a pesar de las advertencias de mi madre, la trenca o el chubasquero amarillo eran utilizados para delimitar los postes de la imaginaria portería en la que tenía que impedir que entrara el balón enemigo y, claro, dejaban las prendas de lado su misión de protección. La carretera hacía de improvisado terreno de juego y los coches, escasos por entonces, nos obligaban a detener el partido para permitir su transcurrir. Y llovía ¡Joder si llovía! Pero el agua cansina y pertinaz nunca detuvo nuestros juegos infantiles. Si hubiéramos cedido ante la humedad cotidiana, jamás hubiésemos jugado a nada que no fuese pintar en casa monigotes en un papel cuadriculado o de doble raya. Y a nosotros, a los niños de mi generación, nos gustaba la calle más que a Pipi la televisión. Y así aprendimos a convivir con la lluvia y con el chirimiri, con los mocos y la tos. Y aquí seguimos, vivitos y coleando. Pero cambian los tiempos como cambian nuestras ideas, y lo que antes era el cotidiano devenir de los días repetidos, se ha convertido en noticiable. Que venga una pequeña ola de fría en marzo, sobre todo después de un invierno que no pasó de mediocre otoño, o que venga calor en agosto, aunque julio no pasara de ser una primavera obtusa, se ha convertido en una auténtica odisea, en un puñetero desvarío meteorológico y, a pesar de todo, el primo de Rajoy no ve que las cosas hayan cambiado.
En qué punto nos encontramos cuando la lluvia es noticia en marzo, a quién debemos el dislate del calor en verano, cómo refugiarse del tiempo cuando llega como llega en los tiempos en que tiene que llegar.
Pero esto no es más que un juego de inquietudes ante las vacaciones que se jodieron por el insensible frente polar que se coló por el norte, y porque me apetecía recordar mi infancia. Una infancia preñada de callejeros que se sometieron a las inclemencias del tiempo.
Y hablando de inclemencias y de someterse, no puedo ni quiero obviar las palabras de José María Aznar sobre Irak y la respuesta inconclusa del PP.
El resultado de las últimas elecciones generales ha dejado al Partido Popular en muy buena disposición para intentar el asalto a la Moncloa en los siguientes comicios, pero para ello deberá de desprenderse de caras que recuerdan tiempos amargos –Zaplana ya ha caído- y, por encima de todo, de las declaraciones abarrotadas de soberbia y de estupidez, que de vez en cuando y para dar buenos argumentos a la izquierda española, nos deja, como perlas negras, más negras que los cojones de un burro manchego –eso decía siempre mi abuela- un Aznar que despierta los más bajos instintos de cualquier persona de buen corazón. El PP debería alejarse de esas situaciones que no le hacen más que anclarse en un pasado que va pagando día a día y que no parece saber saldar de una puñetera vez. Y el diablo me libre de dar consejos. Esto es un mero… un mero… un mero.
Aznar ha declarado que Irak está mejor que con Sadam, que volvería a hacer lo mismo y que ahora se vive con más libertad. Bien, en lo de la libertad está en lo cierto. Antes sólo te mataba Sadam y ahora hay la libertad suficiente como para que te mate cualquiera, y bien pensado, es un gran avance. Que volvería a hacer lo mismo está fuera de toda duda a pesar de demostrarse que era mentira aquello de las armas de destrucción masiva, según confesó la CIA y Tony Blair. Pero él erre que erre. Antes muerta que sencilla. Y que se vive mejor ahora que con Sadam, pues que quieren que les diga. Será cuestión de preguntárselo a los familiares de los cientos de miles de civiles muertos.
¡Que bien estaría calladito y jugando al paddle!
Entre el frío que ya no soportamos y las heladas que salen de Aznar, que llegué ya el buen tiempo.