Cómo cambian las cosas

Como cambian las cosas, ¿verdad? La ropa, los coches, los electrodomésticos… El otro día, sin ir más lejos, fui a comprarme una tele y las pasé canutas; no sabía cual llevarme; coño, es que me daban miedo todos esos aparatos de ahora, extraplanos, ultraligeros, megadelgados, que parece que están anoréxicos… “Monitor de plasma”, me dice el de la tienda, “monitor de plasma”… Eso qué es, ¿por si me desangro?

Nada que ver con las teles de antes, ¿os acordáis?, esas que se llamaban Elbe, Vanguard, Telefunken… Thonsom. Thonsom, para no hacer las cosas sin ton ni son. Eran teles humanas, quiero decir, que necesitaban al ser humano. Sin ti no podían hacer nada. No como las de ahora, que tienen autobusqueda, autosintonización, autoapagado: “¡Ni se le ocurra acercarse a la tele - me dijo el técnico - , que le puede disparar un rayo láser!… ¡Es que es muy suya esta tele!”.

Las teles de antes, las familiares, había que subirlas entre ocho, que parecían un paso de Semana Santa. Llegaban los hombres todo sudorosos, después de subir tres pisos sin ascensor: “¡Ya podía sacarnos unas cervecitas, señora!” “¿Ande le ponemos la tele?” “¡Ay, pues no sé! -decía tuTele madre- No sé si ponerlo en el mueble bar, o en el mueble de la tele”.
Que ojalá hubiera mueble de la tele, de esos que eran un tablero de conglomerado y unas patas metálicas. Bueno, tenía otro tablerito debajo, al lado de lo que parecía ser un revistero. ¡Qué cosa más fea, por Dios!
Si intentabas meterla en el mueble había que desclavar la maderita trasera del mueble del comedor, esa que era como de marquetería, para que encajase y para que pasase el enchufe se recortaba como un cuadrado. Bueno, y aún así, la pantalla seguía asomándose tanto que se metía en la mesa camilla.

A esa tele tu madre la convertía en cuanto llegaba en una más de la familia: La vestía. Le colocaba el tapete de ganchillo, la sevillana de plástico, el toro de trapo… Y también uno de esos cacharros con forma de televisión que habíais comprado en Barcelona, y que eran como visores de diapositivas, de esos que les dabas a un botón y giraban las fotos. Que el chasco te lo llevabas cuando a partir de la tercera volvía a pasar la misma: “¡Mira, la Sagrada Familia! ¡Mira, Colón! ¡Mira, La Rambla! ¡Mira, La Sagrada Familia otra vez!”.

¡Qué decoración la del comedor! Bueno, ¡y ya la del salón!… Esa si que era fuerte. Ese sofa verde de poli-piel cubierto con un juego de tapetes, ese cuadro con un ciervo perseguido por perros, ese mueble librería con un montón de libros clasificados según el criterio de biblioteconomía de las madres: Los verdes con los verdes, los rojos con los rojos, los azules con los azules, y arriba la enciclopedia que nos vendió el extraterrestre aquel, que venía del Planeta-Agostini… El mueble bar aquel, con las estanterías llenas de platos de Segovia, perritos de porcelana, ceniceros de cristal, y aquella puerta con aquel llavín dorado que lo abrías y estaba lleno de botellas de cosas raras que nunca se bebía nadie, como el pepper-mint aquel verde, que era dos dedos más oscuro el verde en la parte de abajo. Veías eso y decías: “¡Hala, cuántas botellas!” “No, es que hay un espejo al fondo” “¡Ah!”.
Aunque claro, la decoración del salón sólo podías intuirla, porque al salón no se podía pasar: Era… ¡La habitación prohibida! ¡Al salón no se puede pasar, que es la habitación de las visitas!
Tenías que adivinar lo que había pegándote al cristal ese traslucido de la puerta, o verlo a medias cuando se abría la puerta. La habitación en que se estaba todo el tiempo era la salita de estar, y estaba bien pensado el nombre: De estar, porque era tan pequeña que no se podía ser ni parecer.

Que encima tu madre era tan hipócrita que, cuando llegaban las visitas, les enseñaba el salón y les decía: “Y aquí es donde hacemos vida”. Cómo no sea que te metes ahí con papá a echar kikis no sé que vidas haréis ahí.
Como han cambiado las cosas. Hasta el propio acto de ver la televisión. Y es que ya el acto de encender la tele antes era en si mismo toda una liturgia. No bastaba con darle a un botón y ya está, no. Primero había que enchufarla. ¿Por qué?… Porque ya tu padre se había ocupado de desenchufarla la noche de antes… Por si ardía… (continuará).

2 Respuestas a “Cómo cambian las cosas”

  1. Ruby Dijo:

    Qué razón tienes… madre mía, los mueble bar con espejo, y esas botellas del año de la polka que llevaban ahí desde que se compró la casa.
    Y con respecto a las televisiones, pues me pasa un poco lo que a ti, que sigo con mi philiphs de tubo, más profunda que una lavadora. Y me quiero comprar una nueva, pero no entiendo ni lo de FulHD ni HDMI ni capullos… yo lo que quiero es que se vea bien “Donde estás corazón” y “La Noria”…

    ayyy, un abrazo Félix

  2. horchi Dijo:

    Me caes muy bien, pero si copias chistes por lo menos di la procedencia:
    “”Que encima tu madre era tan hipócrita que, cuando llegaban las visitas, les enseñaba el salón y les decía: “Y aquí es donde hacemos vida”. Cómo no sea que te metes ahí con papá a echar kikis no sé que vidas haréis ahí.
    Como han cambiado las cosas. Hasta el propio acto de ver la televisión. Y es que ya el acto de encender la tele antes era en si mismo toda una liturgia. No bastaba con darle a un botón y ya está, no. Primero había que enchufarla. ¿Por qué?… Porque ya tu padre se había ocupado de desenchufarla la noche de antes… Por si ardía… (continuará).”"
    Igual es tuyo pero esto ya lo he visto en monologos de paramount comedy

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