Luna de Miel

Repasando, repasando, entre archivos polvorientos de esta unidad C recupero este monólogo que hace más de un lustro interpreté. O quizás lo viví. No me acuerdo, pero ahí va.

El mes pasado mi mujer y yo cumplimos el sueño de nuestra vida: irnos quince días de vacaciones a todo lujo, a Cancún. Y fue el peor viaje que hemos hecho nunca. Y no por ella, que ya es raro, sino porque no hay nada peor que irte de viaje y coincidir con un montón de parejas recién casadas. Bueno, sí, llevar bermudas blancas, ser capitán del barco del amor y tener que cenar con ellos todas las noches. Que vete tú a saber si lo del Titanic no fue un suicidio.

Deberían prohibir los viajes de novios. Porque ahora no tienen sentido. Antes, en mi época sí. En la Luna de Miel era la primera vez que subíais a un avión, que dormíais juntos, y que hacíais cochinadas; porque hasta entonces lo más guarro que habíais hecho era comer con la boca abierta. Pero ahora que los recién casados ya están independizados, viajados, y hartos de acostarse, ¿para qué se van de Luna de Miel? ¿Qué hacen para que su primera noche sea especial? Me los imagino en pijama en la habitación del hotel: “Probemos algo nuevo en la cama”. “Vale. Hoy leemos”.


Y ese es el corazones.jpgproblema, que llevan tanto tiempo conviviendo que se aburren si están solos, y salen a la caza de compañeros de vacaciones. Y tú que has ido para estar a solas con tu mujer todavía estás registrándote en recepción cuando ya escuchas a tu espalda: “Hola, somos Mari y Pedro y estamos de luna de miel. ¿Y vosotros?” “Nosotros no. Hemos venido a estar solos unos días”. Y ellos: “¡Hala, nosotros también! ¡Cuantas cosas en común! ¿Quedamos en el hall y planeamos la semana?”.
Te has ido al quinto pino para pasar unos días sin estrés y sin tener que hablar con nadie, que por eso mismo te has ido con tu mujer, y resulta que te pasas el día intentando evitar parejitas. Menos mal que los recién casados son muy fáciles de reconocer. Para empezar, al segundo día ellos van con un pareo de flores y ellas con trencitas en el pelo; que los ves agarrados de la mano creyéndose Asdrúbal y Bo Derek, y lo que parecen es Lauren Postigo arrastrando una fregona. ¿Y por qué se hacen eso? Pues por lo mismo que los legionarios se tatúan el Cristo: para que al volver a la vida civil se sepa dónde han estado.

Lo que sí está bien elegido es el nombre de “Luna de Miel”, porque aquello es un empalago… Claro, como no se pueden enfadar por nada se ven unas escenas patéticas. Un tío esmirriado de gafas con una rubia imponente diciéndole: “Ay, cari, qué graciosa te pones cuando te emborrachas y besas camareros”. Y no hay pareja que se libre de este empalago ¿eh? Vamos, yo creo que en un sitio de éstos te para una pareja de la Guardia Civil y en vez de multarte te dice: “Buenas tardes, ¿sabe a qué velocidad iba?” “¿Muy rápido?” “Sí… y se estaba perdiendo un paisaje precioso. Díselo tú, Cabo Cariño”.
Los recién casados son muy molestos. No te dejan ni dar un paseo tranquilo, no has dado dos pasos por la playa cuando ya te vienen: “¿Nos hace una foto? ¿Nos hace una foto?” Que te acabas sintiendo como un corresponsal de guerra: te has ido a la otra punta del mundo para pasarte todo el día fotografiando el horror. “¿Se ve la palmera?” “Sí”. “¿Se ve el mar?” “Sí”. “¿Se ve el loro?” Que ahí te dan ganas de decirle: “El de las trencitas sí”.

Y es que los viajes de novios están muy mal organizados. No tenían que ir dos, tenían que ir tres: los novios y un japonés para que les haga las fotos. Porque acabas tan harto que al final haces las fotos mal aposta. Pero hasta hay algunos que te dicen: “¿Nos hace otra por si sale mal?” Que tú piensas: “Estos se las saben todas, deben haberse casado más veces”.
Te dan ganas de no salir del hotel, si no fuera porque es peor quedarse allí. Porque aunque una pareja no haya hecho deporte en su vida, es ir al viaje de novios y se apuntan a todo tipo de actividades. Debe ser para acabar rendidos y no tener que follar por la noche. Y lo peor es que intentan arrastrarte a ti. No puedes tomar el sol a gusto ni diez minutos sin que te vengan: “¡Eh, falta uno para el Volley!” “Eh, faltan dos para un futbito!” Y el esmirriado de gafas: “¡Eh, falta mi mujer hace tres días!”

Ya no sabes dónde meterte para librarte de ellos, que te vas a bucear a la barrera de coral y allí te los encuentras. Los reconoces porque son los únicos gilipollas que nadan de la mano y comparten botella y respirador. Y si les miras mucho se te acerca uno y te dice entre burbujas: “Perdona. ¿Nos hace una foto?”
Ahora, que lo peor que te puede pasar es que te toquen en la mesa de al lado cuando vas a cenar, porque… ¡Atraen a los mariachis! ¡Pero que los llaman ellos! Con lo que te había costado echarlos… Y encima, como les prestan atención, los mariachis se crecen… y ahí los tienes haciendo bises de “Jalisco no te rajes” hasta que ya no aguantas más, te acercas a la otra mesa y le dices muy serio: “Oiga, me temo que voy a tener que pedirles…” “Calle, calle, que ya se lo pido yo: Jefe, ¡“La Cucaracha” para estos señores!”

Aunque, hay que reconocer que siempre llega un momento en el que te vence ese ambiente de amor y te pones nostálgico. Que coges de la mano a tu mujer y le dices a la luz de la luna: “Cariño, ¿cuánto tiempo hace que nosotros hicimos esto, cinco, diez años?” Y ella: “Siete y dos meses, amor”. “Siete años y dos meses… Pues ya va siendo hora de que te quites las trencitas”.

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