Mi amigo de 42

Tengo un ramillete de amigos fieles que cada jueves se empeñan en leerme, en escudriñarme y en presentirme a través de lo que semanalmente vierto en Rakeros.com. Y hace cuatro semanas publiqué un Surtido de Ibéricos que llevaba por título “Mi amigo de 42”. Por un problema informático, situado en las antípodas del de Ana Rosa Quintana, el último párrafo de ese artículo quedó olvidado y dejó huérfano al opúsculo. Y como dejé jirones de mi alma sobre el teclado y uno no anda sobrado de esos despelotes que te llenan de humildad, y ante la queja de alguno de esos amigos, y porque como soy el director a ver quién me dice nada, hago redifusión y volvemos a publicar, esta vez completo, ese Surtido del pasado 29 de mayo.
Tengo un amigo que acaba de cumplir 42 años. Así, como quien no quiere la cosa. Apenas recuerda sus correrías por las calles que habitaba y no tiene conciencia de lo que el futuro le puede deparar. Y claro, como a cualquiera de nosotros, esto le crea ansiedades y grises que nunca son cómodos de llevar a cuesta, pero a las que estamos más que a acostumbrados, y mi amigo más que nadie.

Mi amigo, que es una de las personas con las que primero hablo cada día que despunta, me cuenta con una expresión grave y con una mirada cargada de puentes cruzados, que está cansado y que sus movimientos, cada mes que arranca del calendario de las componentes, en pelotas, del equipo del barrio de petanca rítmica, son más lentos e inexactos.
A mi amigo, el incombustible, quizás por el precio exagerado del petróleo y hagan sus apuestas, cada alborada le es más difícil poner en marcha el motor que siempre, y sin toser, le empujó. Y que su cabeza, la preclara, tiene serios problemas para mantener el optimismo que le daba viveza y color a sus ojos.

A mi amigo, cada semana que muere triste por la ausencia del balsámico fútbol, le late el corazón en los pies. Se le hinchan y, a ratos cada vez más persistentes, le llegan a doler. Ese síntoma es lógico y normal en personas que van por la vida dando pisotones sinceros o mercenarios, y mi amigo no es de esos; aunque últimamente reconoce en voz bajita que ha puesto alguna que otra zancadilla. Y que por eso le duelen las venas. No los pies.
A mi amigo, farolillo de fiesta y algarada, la ilusión se le va agotando como la tetosterona que derrochó de mozuco, y sus apetencias cada vez necesitan menos individuos para verse colmadas y satisfechas.

Mi amigo está harto de las mentiras repetidas, de las historias reincidentes en rostros distintos, de la sumisión aceptada por no discutida, del partidismo que cabalga a lomos del interés general, del cada vez más costoso estado de erección, de la televisión y de la radio, y de prácticamente cualquier cosa que le propongas o preguntes.
Y es que, como dice Manolo García en una de las canciones de su último disco “Saldremos a la lluvia”, cuando no hay sembrados las escarchas no dañan. Y aquél que nunca soñó con rozar las colas de los cometas no se llevó la puñalada en el corazón trapero que tuvo que soportar, sin el más mínimo susurro, mi amigo pleno de fe, hasta que descubrió que todo fue un invento del puto photoshop.

Y mi amigo procuró reinventarse al mismo ritmo que se desinflaba. El roto por donde se escapaba el aire era más grande que la boca y los pulmones de mi amigo. Sopló y sopló como el lobo de los tres cerditos. Y al final se hiperventiló. Cayó en una ansiedad controlada, que es esa ansiedad con la que uno convive plácidamente a diario pero que cada noche te señala con el dedo índice, y pasea cada día entre golpes de alegría y puñetazos de dolor.
Mi amigo no se encuentra entre la gente. La plaza del pueblo es pequeña, románicamente bonita pero pequeña, y mi amigo no se encuentra. A veces llega dudar de si se busca con la suficiente tenacidad. A veces de si se busca. El caso es que no sale en las fotos por más que le deslumbran flases y flases.

Mi amigo se pasa el día dudando. Duda de los reparos, y cuando es capaz de responder a alguna de esas puñeteras incertidumbres, titubea de la respuesta, y vuelta a empezar.
Y así no hay quien se concentre ni delante de una película porno en una tele de esas de plasma con alta definición.

Mi amigo, a sus treinta y doce años, ha decidido cambiar radicalmente su rosa de los vientos. No sabe cómo ni cuándo hacerlo, pero sabe que su capacidad de aguante, de soporte, está al límite de su capacidad, y tiene que abrir las compuertas antes de que el río se desborde y arrase los sembrados y los hogares.

A mi amigo, hubo una época, que le dio por pensar que sólo era miedo: ataques de pánico ante la negrura de un túnel desconocido por recorrer. Pero pronto descubrió que sólo los valientes pisan sus pisadas para recorrer un camino nuevo. Sólo los cobardes, los débiles de espíritu y los pusilánimes aceptan resignados que sus veredas crucen por donde no quisieron pisar.
Le he dicho a mi amigo que se venga conmigo de jarana, a romper la noche y la madrugada, a bailar alrededor de una hoguera playera con los calzoncillos en la cabeza y ebrios de absenta y poseídos por aquellos que fuimos, en el descaro y en la vergüenza. Pero por más que lo intento, por más empeño que le pongo, el muy cabrón no quiere salir del espejo.

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